Los nuevos pisos del barrio de Salamanca

Cuando yo trabajaba en el bufete de abogados de mi tío Andrés, tenía que tratar con muchos arquitectos, porque solían encargarme asuntos relacionados con responsabilidad por daños en la construcción de viviendas.

Con frecuencia, me tenía que leer informes técnicos en los que el arquitecto informaba sobre las deficiencias y desperfectos de la obra. Dependiendo de su alcance, al cliente se le reclamaba en el juzgado una mayor o menor indemnización.

Las primeras veces que un abogado (que de arquitectura no sabe absolutamente nada) se pone a hojear uno de esos informes, en realidad siente deseos de morir.

Aquello es un galimatías intraducible del que apenas entiende una palabra. Eso sí, uno le pregunta al arquitecto lo que significa y te lo explica maravillosamente. Es más: se nota que le gusta hablar de esos asuntos.

Yo conocí a varios especialmente entusiastas que llegaron a lograr que la materia me interesara y hasta gustara un poco.

La verdad es que solo por la carrera tan complicada que han tenido que estudiar, ya tienen mérito estos arquitectos.

Y yo nunca imaginé lo bien que me vendría tener amigos arquitectos a raíz de mi trabajo en el bufete de abogados.

Cuando cumplí los treinta años, decidí, como tantos otros, embarcarme en la aventura de comprarme un piso. De modo que empecé a buscar por internet promociones de viviendas en Madrid, llamé para interesarme e incluso visité varias. Ya había dado con varias opciones interesantes (en especial me encantaba una en Móstoles), cuando por pura casualidad me encontré en el Juzgado con mi amigo Martín el arquitecto. Charlando, le comenté el tema de la casa que me gustaba y para mi sorpresa, me dijo que ni se me ocurriera meterme en esa propiedad, porque había ya treinta y seis denuncias de compradores por vicios ocultos en la construcción.

Amablemente, Martín se ofreció a mostrarme unas viviendas en venta en el barrio de Salamanca que eran de total confianza. Él no había participado en el proyecto ni en  la construcción, pero sí lo había hecho un cuñado suyo constructor.

Y justo esta tarde, me entregan las llaves…: he comprado una casa de dos dormitorios, con garaje, trastero, puerta blindada y aire acondicionado, en una zona muy céntrica de Madrid, que a mí me gusta especialmente para vivir.

Ya os podéis imaginar que estoy de los nervios y deseando irme a vivir allí. Una de las cosas que más me gustan es la luminosidad del piso y lo nuevo que está todo…: ¡es la primera vez que voy a estrenar una vivienda!

Y por si fuera poco, la tengo a menos de quince minutos de mi trabajo, con lo que voy a ahorrar una barbaridad en gasolina y transportes públicos.

Eso sí: deseadme suerte y rezad por mí para que pueda pagar la hipoteca .

 

Mamparas divisorias para las oficinas

Hace nueve años que trabajo en las oficinas de un conocido despacho de abogados de Madrid, y en toda mi vida había visto tan enfadadísimo a mi jefe.

El día que yo entré a trabajar en ese despacho como secretaria, ni siquiera estábamos en nuestra actual sede. Nos mudamos de edificio un par de años después, y desde entonces, nos encontramos en la nueva ubicación.

La oficina nueva era muy bonito y estaba decorada con un gusto exquisito, todo hay que decirlo.

Fue un cambio enorme y bastante favorable. Yo pasé de tener una mesa pequeñita donde casi no me cabían los expedientes, en un rincón oscuro de las instalaciones, a tener un puesto de trabajo luminoso, con ventanas, y un mobiliario amplio y funcional.

Pues el caso es que esta mañana yo llegué como siempre a las nueve de la mañana. El jefe llegó sobre las diez y se encerró en su despacho porque tenía un par de reuniones. A eso de las doce lo veo salir, rojo de rabia, dando voces y diciendo “¡¡¡Esto es increíble, increíble!!!”. Acto seguido ha cogido la puerta, y se ha marchado dando un portazo que ha hecho temblar a toda la oficina.

Como no tenía ni idea de qué había ocurrido, me he ido para las oficinas de los abogados con objeto de preguntarles. Pero nada más entrar a la sala de trabajo, me he quedado paralizada y muda y he entendido de inmediato por qué estaba tan enfadado mi jefe.

Él estaba feliz y contento el viernes pasado porque había contratado con una empresa llamada GABITECO, la cual le instaló unas mamparas divisorias de oficina de material transparente que quedaron preciosas (a mí me gustaron tanto, que los llamé para pedirles un presupuesto para mi propia casa).

Me sorprendió lo serios y eficaces que eran. Siempre informaron de cómo iba la obra, reuniéndose varias veces  con mi jefe y conmigo (ya que yo tengo que coordinar este tipo de cosas en la oficina) y dándole informes de control de calidad y otros en los que se iban corrigiendo los pequeños defectos que a veces surgían. Lo mejor es que GABITECO tiene su propia fábrica de mamparas, e incluso cuentan con una tecnología patentada por ellos para dicha fabricación. Es el sistema tabidoor, que se ocupan de fabricar en su integridad y de forma exclusiva.

Como os decía, el viernes pasado quedó terminada la obra y mi jefe era el hombre más feliz del mundo. Pues el caso es que algún compañero del despacho no estaba tan contento con las mamparas y, ¿sabéis que ha hecho? ¡Las ha decorado a su gusto! Ha hecho dibujos con pintura (muy bonitos, por cierto), ha puesto pegatinas e incluso ha colgado sus títulos oficiales…

Y todo esto sin preguntarle a nadie.

Hay que estar un poco loco para hacer algo así.

Sospecho, además, qué sé quién ha sido. Sólo a Jorge El Pintor (como lo llaman sus amigos) se le podría ocurrir semejante idea.

Cuentan de que de adolescente era grafitero y que la policía lo buscaba para ajustarle cuentas. Nunca lo encontraron.

Y ahora, mirad por donde, ha vuelto a las andadas y lo han pagado las mamparas de mi jefe…